Si aislamos a un bebé de cualquier foco de infección, por pequeño que sea; si esterilizamos todo cuanto le rodee hasta hacerlo vivir en una burbuja aséptica e impoluta, estamos criando a un niño efermizo, sin defensas ni anticuerpos que le permitan en el futuro enfrentarse a la vida, robusto y fornido. Sano, al fin y al cabo. Y lo mismo pasa con las sociedades de nuestro tiempo. Hay quienes pretende hacerlas asépticas, saludables, higiénicas y desapasionadas. Como si fuesen adalides de la libertad, el respeto, la pluralidad… aunque luego sean todo lo contrario.
No soy especialmente taurino. Incluso el sexto toro se me ha hecho larguísimo las pocas veces que he presenciado una corrida de toros, pero me resulta preocupante la decisión del Parlamento de Cataluña con su presidente José Montilla al frente, a pesar de que, entre acomplejado y avergonzado, saliese raudo a gritar que él votó en contra de la prohibición de los toros, de la prohibición, al fin y al cabo, de la fiesta nacional. Hay tantos argumentos en favor de las corridas de los toros y tantos también en contra, que prefiero salirme de ese coso y expresar una idea que aparentemente poco tiene que ver con los toros, los toreros y los antitaurinos.
Los hombres somos animales, racionales y sociables, pero animales. Y tanto individualmente como cuando vivimos en comunidad necesitamos desde nuestras entrañas sentirnos vinculados y arraigados a lo nuestro, sea lo que sea lo nuestro, y también expresar de mil maneras nuestra coexistencia con esa dualidad de la vida y la muerte, con sensaciones tan profundas como el riesgo, como la lucha por la existencia que llevamos en nuestros genes, por esos instantes tan cercanos al final que nos hacen sentirnos vivos, por esos segundos en el que la vida resurge frente a la muerte, de forma colectiva o individual.
Hacemos cosas difíciles de comprender por alguien ajeno a nuestra cultura, a nuestro proceso de socialización, a nuestro yo. Y es lógico. Cómo explicar tanta intensidad en el salto de la reja en Almonte, en la subida a la cima del Everest, en la pesca de percebes en mares embravecidos, en las peleas de gallos en Indonesia, en la travesía en solitario del Atlántico; o cómo comprender a aquellos que suben de rodillas a la ermita de cualquier pueblo, que se lanzan en una Almadraba a la pesca del atún en la lucha más sangrienta entre un hombre y animal jamás vista, que vuelan en parapente, que se flagelan hasta despellejarse la piel y la carne como en Filipinas, que bajan en apnea a más de cientos de metros de profundidad, o cómo entender que dejen a un niño encaramarse a la torre humana de un castells de ocho, nueve o diez pisos a pico de caer al vacío, y que provoca en su madre lloros de emoción y no de terror.
El hombre no desnaturalizano, ni desapasionado, ni esterilizado necesita afrentarse a sus miedos, a sus pasiones, a la pelea por su existencia para reafirmarse ante sí mismo, para sentirse miembro de una comunidad que al mismo tiempo le agrede y le protege. Y el mundo del toro representa en España, en Portugal o en México muchas de estas cosas, de estos sentimientos.
Es verdad que el animal muere en esta lucha desigual entre la razón y la bravura, entre el miedo y la casta. Y es ahí donde aparece el efecto irracional de la fiesta. ¿Cómo justificar la muerte del animal? De ninguna forma. No se trata de justificarlo, sino de comprenderlo como parte de un arte, de una expresión popular y cultural que trasciende al mero enfrentamiento de un hombre y un toro. Porque el aficionado no disfruta con la muerte del animal, ni con un supuesto sufrimiento. Por ello no se puede justificar, como no se justifica que el alpinista se juegue la vida a ocho mil metros; ni la muerte de cientos de atunes frente a Tarifa; ni que un padre acceda a que su hijo suba el Castell.
Quizá no seamos una sociedad perfecta, aséptica, pero es que quizá tampoco queramos llegar a serla por nuestro propio instinto de supervivencia.

El problema, se esté a favor o en contra, es que se ha vestido todo de un tufo político que apesta. Unos y otros, a favor y en contra. No por ser español hay que defender la fiesta ni al contrario. Recuerdo ahora que el pro etarra Jon Idígoras fue novillero. Todo esto genera en mucha gente, incluido yo, un hartazgo de la política que los mismos políticos no se imaginan. ¿Por qué todo tiene que estar impregnado de esa política de salón que se mueve en las alturas tan alejada de la gente? En Canarias llevan 19 años sin toros (desde el 30 de abril de 1991) por una ley aprobada por Olarte del CDS. Hace unos días leí que es mentira que en Canarias estén prohibidas las corridas. Si es así, se disimula bastante bien.
Para completar el comentario, según la Ley LEY 8/1991, de 30 de abril, de protección de los animales de Canarias:
Artículo 1.- La presente Ley tiene por objeto establecer normas para la protección de los animales domésticos y, en particular, la regulación específica de los animales de compañía en el ámbito territorial de la Comunidad Autónoma de Canarias.
Artículo 2.- Se entiende por animales domésticos, a los efectos de esta Ley, aquellos que dependen de la mano del hombre para su subsistencia.
Son animales de compañía todos aquellos domésticos que, mantenidos igualmente por el hombre, los alberga principalmente en su hogar, sin intención lucrativa alguna.
Artículo 5.- 1. Se prohíbe la utilización de animales en peleas, fiestas, espectáculos y otras actividades que conlleven maltrato, crueldad o sufrimiento.
Yo creo que, en estos artículos, se prohíben los toros. De hecho, así es.
[...] This post was mentioned on Twitter by Ángel Ortiz, Ángel Ortiz, Chapu Apaolaza, Chapu Apaolaza, ManoloCastillo and others. ManoloCastillo said: Mi opinión sobre la prohibición de los toros en Cataluña http://cort.as/07-x [...]
Excelente artículo, si señor. Viene a encajar perfectamente con todo lo que defendemos algunos. La tradición es la que es y ninguna Ley puede prohibir las tradiciones. ¿Porque Cataluña prohibe las corridas (de toros) y permite los correbous y los ensogats?. ¿No habrá detras de todo esto el ánimo de despreciar todo lo que huela a “español” como seña de indentidad del catalanismo?. Creo que se equivocan por la vía de la imposición con rango de Ley. A nadie se le obliga a ir a la Monumental a ver toros. Sin embargo he asistido al triste espectáculo de ver cientos de personas en pelota picada y manchados de tinta roja a las puertas de esa Plaza de Toros, llamándonos salvajes y sinverguenzas a los que entrábamos. ¿Es ese el concepto de libertad de los antitaurinos?. La intransigencia es lo que tiene…: lo que a mi no me guste, que no se dialogue sino ¡¡¡ QUE SE PROHIBA!!!. En un debate abierto en Facebook he tenido que leer como un antitaurino que se confiesa homosexual me llama Carca, Neo-libertario, Homófobo y Salvaje. La intolerancia por bandera que se aprovecha de que, como no está a tu lado, no le vas a poder partir la boca. ¿Quien sería el gilipollas que eliminó la mili?.