Archives for category: Un poco de todo

Kepa Acero surfea la ola más larga de su vida…

La Reutralidad en la Red es de esas cosas que no se echa en falta hasta que se pierde.
Movilízate !!!

Cuando una sociedad tiene miedo a las palabras es que algo no funciona bien. Maniatados por el verbo y el adjetivo, como si cada frase tuviese que ajustarse al dictado perverso de lo correcto, asistimos a una de las etapas contemporáneas para reaccionarias frente a la retórica del lenguaje. Y aún peor, de las ideas. Rodeados de una paranoia del pie de la letra, incapaz de discernir entre la letra y el espíritu, de la ley, de la opinión y también del insulto. La libertad de expresión camina por una autovía de sentido único, sin arcenes ni escapatorias y con guardarraíles capaces de mutilar al que derrape por su discurso hacia la cuneta. Acotada, esta libertad, por los que se arrogan la autoridad para decidir lo que está bien o está mal, lo que es justo o injusto, las ideas que valen y las que no valen.

Si Pérez Reverte dice que Moratinos llora “como un perfecto mierda”, pues peor para el escritor o para el ministro. El insultante queda retratado, para bien o para mal, y el insultado queda a salvo siempre y cuando no se haya comportado como un “perfecto mierda”, que no parace el caso. Ni podemos obligar a Reverte a que se muerda la lengua ni evitar que Moratinos considere a Reverte un perfecto mierda. Es el precio de la convivencia entre inteligentes, entre animales capaces de discernir, de burlar la cornada de un insulto con un quite de ironía.

Todo el mundo, que se sepa, es libre de ofender al otro. Porque ya se sabe que no ofende quien quiere, sino quien puede.  Sólo tiene que pagar por  ello, si llegara el caso, con el sonrojo, el descrédito, el ridículo, la sanción o la privación de libertad si llegara el caso. O también con la admiración de aquellos que pudieran sentirse recompensados por tamañana ofensa.

Las palabras solo pueden dar miedo a aquellos que teman enfrentarse con la verdad. Y la verdad, como las ideas, no necesita plañideras, porque sabe cuidarse muy bien.

Hoy, aquí en España, ningún dúo dinámico podría cantar aquello de 15 años tiene mi amor / Dulce, tierna como una flor sin correr el riesgo de que se boicotearan sus apariciones televisivas por perversos y canallas; los componentes de La Polla Records entrarían directamente en la cárcel por decir cosas como Tengo una chica ye-ye / que se masturba con el pie / ye ye ye ye ye ye …/… Me pondré borracho y le pegaré /desahogaré mi fustración, y Mecano sería vituperado por componer cosas tan homófobas como la culpa es del alcohol /debí mezclar hasta volverme maricón en su canción Stereosexual… Y muchos, muchos ejemplos más. Bendita libertad de expresión de los 80, aunque me temo que muchos de los que la disfrutaron como adolescentes, gracias por otra parte a los que de verdad se exponían al insulto o la crítica, ahora se sienten molestos e indignados. Será cosa de los sofocos de la edad.

P. D. Sofoco utilizado en la tercera acepción del Diccionario de la Real Academia Española: 3. m. Grave disgusto que se da o se recibe. Ni mucho menos, válgame Dios, en su segunda acepción: 2. m. Sensación de calor, muchas veces acompañada de sudor y enrojecimiento de la piel, que suelen sufrir las mujeres en la época de la menopausia. Vayamos a joderla.

Si aislamos a un bebé de cualquier foco de infección, por pequeño que sea; si esterilizamos todo cuanto le rodee hasta hacerlo vivir en una burbuja aséptica e impoluta, estamos criando a un niño efermizo, sin defensas ni anticuerpos que le permitan en el futuro enfrentarse a la vida, robusto y fornido. Sano, al fin y al cabo. Y lo mismo pasa con las sociedades de nuestro tiempo. Hay quienes pretende hacerlas asépticas, saludables, higiénicas y desapasionadas. Como si fuesen adalides de la libertad, el respeto, la pluralidad… aunque luego sean todo lo contrario.
No soy especialmente taurino. Incluso el sexto toro se me ha hecho larguísimo las pocas veces que he presenciado una corrida de toros, pero me resulta preocupante la decisión del Parlamento de Cataluña con su presidente José Montilla al frente, a pesar de que, entre acomplejado y avergonzado, saliese raudo a gritar que él votó en contra de la prohibición de los toros, de la prohibición, al fin y al cabo, de la fiesta nacional. Hay tantos argumentos en favor de las corridas de los toros y tantos también en contra, que prefiero salirme de ese coso y expresar una idea que aparentemente poco tiene que ver con los toros, los toreros y los antitaurinos.
Los hombres somos animales, racionales y sociables, pero animales. Y tanto individualmente como cuando vivimos en comunidad necesitamos desde nuestras entrañas sentirnos vinculados y arraigados a lo nuestro, sea lo que sea lo nuestro, y también expresar de mil maneras nuestra coexistencia con esa dualidad de la vida y la muerte, con sensaciones tan profundas como el riesgo, como la lucha por la existencia que llevamos en nuestros genes, por esos instantes tan cercanos al final que nos hacen sentirnos vivos, por esos segundos en el que la vida resurge frente a la muerte, de forma colectiva o individual.
Hacemos cosas difíciles de comprender por alguien ajeno a nuestra cultura, a nuestro proceso de socialización, a nuestro yo. Y es lógico. Cómo explicar tanta intensidad en el salto de la reja en Almonte, en la subida a la cima del Everest, en la pesca de percebes en mares embravecidos, en las peleas de gallos en Indonesia, en la travesía en solitario del Atlántico; o cómo comprender a aquellos que suben de rodillas a la ermita de cualquier pueblo, que se lanzan en una Almadraba a la pesca del atún en la lucha más sangrienta entre un hombre y animal jamás vista, que vuelan en parapente, que se flagelan hasta despellejarse la piel y la carne como en Filipinas, que bajan en apnea a más de cientos de metros de profundidad, o cómo entender que dejen a un niño encaramarse a la torre humana de un castells de ocho, nueve o diez pisos a pico de caer al vacío, y que provoca en su madre lloros de emoción y no de terror.
El hombre no desnaturalizano, ni desapasionado, ni esterilizado necesita afrentarse a sus miedos, a sus pasiones, a la pelea por su existencia para reafirmarse ante sí mismo, para sentirse miembro de una comunidad que al mismo tiempo le agrede y le protege. Y el mundo del toro representa en España, en Portugal o en México muchas de estas cosas, de estos sentimientos.
Es verdad que el animal muere en esta lucha desigual entre la razón y la bravura, entre el miedo y la casta. Y es ahí donde aparece el efecto irracional de la fiesta. ¿Cómo justificar la muerte del animal? De ninguna forma. No se trata de justificarlo, sino de comprenderlo como parte de un arte, de una expresión popular y cultural que trasciende al mero enfrentamiento de un hombre y un toro. Porque el aficionado no disfruta con la muerte del animal, ni con un supuesto sufrimiento. Por ello no se puede justificar, como no se justifica que el alpinista se juegue la vida a ocho mil metros; ni la muerte de cientos de atunes frente a Tarifa; ni que un padre acceda a que su hijo suba el Castell.
Quizá no seamos una sociedad perfecta, aséptica, pero es que quizá tampoco queramos llegar a serla por nuestro propio instinto de supervivencia.

Hablar siempre es mucho más fácil que actuar. Pero no está mal escuchar, que siempre se puede encontrar algo interesante. En este caso, vía Anphibia, me llama la atención un video sobre la cultura del cambio publicado por Youngme Moon, de Harvard Business School. Y me hace pensar en el mimetismo enfermizo de los periódicos. En el fondo es miedo a ser diferente.

Recomiendo esta entrevista… En 45 minutos Tepper explica la crisis… Muy interesante…

La defensora del lector de El País recoge la indignación de sus defendidos ante la proliferación de ruedas de prensa sin preguntas, declaraciones grabadas, etc. Y recuerda como ya en 2004 la entonces Defensora del Lector, Malén Aznárez, advertía de la gravedad del asunto: “¿Por qué los periodistas tienen que aceptar ser comparsas en falsas ruedas de prensa, que luego aparecen como genuinas en todas las televisiones, dando visos de veracidad a lo que en realidad es un fraude informativo?” Un lector critica, y con razón, a los periodistas y a los propios medios por la tibieza con la que se afronta este asunto. Y no le falta razón.

Ver artículo de El País: ‘Políticos que no aman a los periodistas’

Te puede interesar:

No al periodismo teledirigido.

No a las ruedas de prensa sin preguntas.

No a las entrevistas con cuestionario pactado.

No a las entrevistas por correo electrónico.

No al periodismo declarativo.

No  a las informaciones hechas a través de la televisión.

No a los refritos de notas de prensa.

No a escribir de oído.

No a la prohibición de cámaras de televisión en los mítines y a los videos enlatados, editados y valorados por los propios partidos políticos que luego todos los informativos emiten como papagayos.

No al control de los gabinetes de prensa.

No al periodismo teledirigido.

Esto cada día está peor. Habría que preguntarse si estas son algunas de las razones que han llevado al periodismo a una profunda crisis de credibilidad. No cabe otro camino que recuperar el periodismo de verdad: yo pregunto, yo interpreto, yo valoro, yo escribo… yo me busco la vida. Y es que las ideas de los políticos no tiene límites… la última ocurrencia fue del PP, cuando citaron a los periodistas en Génova para que vieran a través de monitores de televisión una intervención de Rajoy ante cargos del partido en la que ofrecía una explicación sobre el caso ‘Gürtel’. Claro está, sin posibilidad de preguntar o de pedir explicaciones.

Cada vez hay menos enviados especiales, menos periodistas que viajan (hoy leo que Televisión Española recorta su presupuesto para desplazamiento a acontecimientos deportivos)… En esta abundancia informativa el periodista no puede limitarse a ser una mera correa de transmisión entre la fuente interesada y el lector, el oyente o el televidente… Aggg!

¿Por qué todos (la mayoría) los medios quieren ser iguales? ¿Por qué tanto miedo a ser diferentes?

Vuelvo tras un paréntesis de unos cuantos días. Y no ha sido por vacaciones, ni por pereza, aunque ambos motivos hubieran sido excusas justificadas. La razón ha sido un cambio de rumbo: dejo La Voz de Cádiz y me marcho (bueno, ya estoy) a Madrid para dirigir la redacción central de los medios regionales de Vocento y la agencia Colpisa. Y ha sido tanto el lío que le dije al blog: espera que ahora vuelvo. Teniendo en cuenta esta foto de la playa de Cortadura, donde pasé horas y horas, entenderéis que me marche de Cádiz con pena y también con envidia de los que podrán seguir paseando por esta orilla atlántica y con la sensación de haber pasado cinco estupendos años en una de las ciudades más entrañables del mundo. Pero me voy también feliz a Madrid. Participar en un proyecto periodístico así en los tiempos que corren es toda una suerte. Y vivir la aventura de una nueva ciudad con toda mi familia, un lujo aún mayor.

Foto realizada por Oscar Chamorro

Foto realizada por Oscar Chamorro

Cuánto silencio ahora; cuánto dolor; cuánta pena.